18 de marzo de 2012

MÉXICO, POTENCIA ENERGÉTICA


En 2012, la realidad es muy distinta a la de 1938. Sin embargo, los mexicanos nos enfrentamos a la misma pregunta: ¿Cuál es la mejor manera de aprovechar nuestros recursos naturales para el beneficio de los mexicanos?

Algunos piensan que la solución sería privatizar la industria petrolera, regresando a la situación que existía antes de 1938. Otros creen que no hay nada que cambiar, aunque el mundo y las necesidades de hoy sean muy distintas a las de hace siete décadas.

No comparto estas posiciones. Estoy convencido de que, para asegurar que la industria petrolera continúe siendo una palanca del desarrollo nacional y México se transforme en una potencia energética, es necesario tomar medidas audaces y despojarnos de ataduras ideológicas. Por ello, he planteado la conveniencia de realizar una reforma energética pragmática que, sin renunciar a la propiedad pública de los hidrocarburos ni a la rectoría y conducción del Estado en la materia, permita a PEMEX beneficiarse de mayores asociaciones con el sector privado.

En particular, me parece fundamental incrementar significativamente los niveles de inversión en exploración y explotación, conforme al potencial petrolero del país, así como en refinación y petroquímica. En este sentido, será necesario realizar las reformas legales correspondientes y analizar esquemas como los contratos de producción compartida o de riesgo, así como las asociaciones público-privadas, las cuales permitirían aprovechar el capital y la tecnología de terceros y crear un entorno de competencia en el sector.

Es importante enfatizar que la reforma energética debe ir de la mano de una reforma hacendaria integral que reduzca nuestra alta dependencia frente a los ingresos petroleros y dote al Estado de un flujo de recursos estable y sostenible para cumplir con sus obligaciones básicas, como garantizar el acceso real a la atención de la salud y a la educación de calidad para todos los mexicanos, invertir en infraestructura moderna que impulse la competitividad del país y generar las condiciones para la creación de empleos dignos.

La reforma hacendaria permitiría además que, en el mediano plazo, Pemex pudiera invertir parte de la renta petrolera en el desarrollo de nuestro enorme potencial en energías renovables, misión ineludible de nuestro tiempo frente a las amenazas del calentamiento global. De esta manera, el propio petróleo contribuiría a financiar un nuevo modelo energético sustentable, capaz de abastecer con insumos “limpios”, y a precios competitivos, a la industria, los servicios, el transporte y los hogares mexicanos.

A más de setenta años de distancia de la expropiación petrolera, las circunstancias han cambiado pero el objetivo sigue siendo el mismo: aprovechar el petróleo para mejorar la calidad de vida de los mexicanos de acuerdo a las necesidades de nuestro tiempo. Decidamos de manera seria, responsable y visionaria la mejor forma de hacerlo, como lo hizo en su tiempo y circunstancia el General Lázaro Cárdenas.


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